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LA VIDA ES UN CARNAVAL

Escrito por Kike Caba. Publicado en Leiknir 2015.

19-6-2016. Vikingos 8bb9afotos: Kike Caba

LA VIDA ES UN CARNAVAL

Al haber varias fiestas durante el fin de semana del 17 al 19 de Junio en Reikjavik, entre ellas, el día nacional islandés y el partido importantísimo de la Euro 2016 entre Islandia y Hungría, decidimos dar el fin de semana libre a los equipos Sub-19 y Sub-14, al igual que ya se les había dado libre por el club a los demás equipos, por lo que teníamos por delante el primer fin de semana libre completo en nueve meses en Islandia.

Un fin de semana sin fútbol aquí es diferente, por no decir otra palabra. En el barrio, sigue sin haber demasiado movimiento, a pesar de la buena temperatura (diez grados) y todo se concentra en el centro de la ciudad o en las pequeñas localidades costeras anexas a la misma.

Pero nos vino la oportunidad de hacer algo diferente gracias a nuestros Amigos Ingolfur e Iris, que nos llamaron ofreciéndonos una jornada diferente antes de ver el partido de la Selección española: acudir al Festival vikingo 2016, el VIKINGAHÁTÍD FJORUKRÁNA celebrado entre los días 16 y 19 de Junio de 2016 (DAGSKRÁ VÍKINGAHÁTÍDAR 2016).

Para aparcar podemos decir que era similar a como lo es en Cádiz cuando vamos al centro... imposible aparcar en toda aquella zona desde la que se ve o se huele el mar. Alguna vuelta que otra hasta que al fin lo conseguimos y pudimos acercarnos hasta la puerta de la pequeña y original ciudad vikinga situada junto al mar y dentro de un conocido restaurante vikingo.

1.000 koronas islandesas es el precio que has de pagar para acceder al recinto y poder disfrutar de vivir como en su antiguo mundo, todo está ambientado y medido al milímetro para disfrute de grandes y pequeños y para que no se olvide esta antigua y llamativa cultura nórdica.

Es como si estuvieras en Cádiz en carnaval, pero todos con el mismo tipo, que no disfraz: vikingos.

Los disfraces son muy reales, tanto en los tejidos como en los colores y formas, collares de la época, tocados para las damas vikingas de alto rango y espadas y hachas vikingas tan reales como las antiguas que hacen que el sentido de la vista te transporte a otra época.

Cámara en ristre, fotografiamos todo cuanto ven nuestros ojos hasta que... al fotografiar a un arquero vikingo, éste nos mira desafiante, monta su arco y zás, nos dispara en el pecho. Primer enfrentamiento que tenemos en esta antigua ciudad donde se reúnen los vikingos de todo el mundo conocido.

Más adelante nos espera otro aguerrido vikingo que nos hace un comentario en islandés. Al no entenderlo bien, pensamos  que se burla de nuestra camiseta de la chirigota del Selu y sin pensarlo, desenfundamos el hacha nos batimos en duelo con fiereza... por supuesto, lo derrotamos, defendiendo todos y cada uno de los golpes que aquí te dan por delante, y no por detrás como estamos acostumbrados en nuestra tierra.

Espectáculos de danza vikinga, con increíbles y olvidados instrumentos de música y un sensual movimiento de caderas en las damas vikingas presidían el centenar de puestos de artesanía medieval y objetos vikingos de todo tipo, desde joyería hasta armas y vasos en forma de cuerno, las espadas y hachas eran motivo principal que nos dejaba boquiabiertos por su belleza y fidelidad a las originales, así como por su precio...

Nueva batalla con otro guerrero vikingo, nuevo altercado en el que nos metíamos al ser extranjeros y decirnos el gran y feo vikingo que sus tipos eran mejores que los nuestros de carnaval y sentirnos desafiados a sacar de nuevo el hacha de guerra y blandirla contra él con fuerza. Tras una cruel sangría y sintiéndonos vencedores, nos fundimos en un abrazo para certificar que todo enfrentamiento puede arreglarse con el contacto directo de un abrazo de hermanos.

Como colofón a nuestra visita, pudimos contemplar desde primera línea una cruenta batalla vikinga entre dos clanes rivales con una mujer de por medio. Sablazos, hachazos y el sonido de las espadas chirriaba entre los gritos de dolor y de ataque y agresión vikingos, batallas sin sangre, eso si, pero con un realismo y crueldad como posiblemente hubiese sido en tiempos pasados. Veinte minutos de olor a guerra, a batalla, a derecho por vivir y matar, que finalizaron con los abrazos de todos y las sonrisas y aplausos de mayores y pequeños junto a la yerba del campamento vikingo. La intensidad y crueldad de los golpes era tan real que al terminar, todos salían del campo de batalla exhaustos y sudorosos, como si hubieran jugado un partido de fútbol de noventa minutos, les iba la vida en ello, en defender sus tradiciones y mostrarlas a todos para que los más pequeños, que entrenaban allí también con sus espadas, puñales, hachas  y escudos de madera, aprendieran de ellos que su tradición, su cultura, sigue viva a pesar del paso de los siglos.

Kike Caba

19 de Junio de 2016

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